de ojos, siempre y cuando se respeten
diferencias en ese lapso de tiempo”.
Fabián León Hernández

Qué dilema tan difícil es aquel que subyace en lo más profundo de nuestro interior y lucha contra el subconsciente. Ese extraño poder que las mentes disciplinadas lo denominan como “pereza”, pero que en realidad se traduce en una serie de estímulos que van más allá de ese elemental concepto.
Cuando se tiene veinte cinco años, se logra ver cómo la sociedad implacable ha juzgado mi condición física sin el mínimo reparo de moralidad. Desde niña mi familia confundió la desbordada ternura, con el cumplir cada uno de mis deseos. Y aclaro que durante la niñez es difícil establecer qué deseos son saludables y cuáles no
De niña soñaba con cuentos de hadas y dulces, muchos dulces, así que mis padres en su máximo estado de complacencia fueron incentivando mi gusto por la sacarosa, helados, golosinas y todos los componentes alimenticios que
hoy día son nocivos.
Tengo un hermano llamado Carlos, docente de ética, que lleva veinticinco años fumando y desde que tengo uso de conciencia, cada cajetilla de cigarrillo que se fuma, viene con una leyenda mortuoria, con una advertencia sobre alguna enfermedad terminal y aun así él se disfruta cada aliento de sus pulmones al sorber la sustancia. Sin embargo, el refresco gaseoso que tengo entre mis manos y que consumo a diario, es tal vez más nocivo, pero este no tiene la más mínima indicación de su daño. Es ahí en la villana desigualdad donde considero que esta sociedad ha perdido coherencia entre el respeto por la desigualdad.
Tener apenas dos décadas de vida, es lo que consideran la cúspide de la energía, es esa edad donde la vigorosidad despunta para lograr todos los ideales. Pero a esta edad, compararme es mi peor adicción.
A diario en los recorridos en el transporte masivo entre la avenida Juárez y Leones, miro miles de jóvenes con mi edad, tomándose autorretratos con sofisticados equipos digitales, sin embargo, yo no puedo hacer lo mismo y eso me frustra.
No es fácil tener sobrepeso, cuando el estándar de belleza está enmarcado en las personas de contextura delgada,
el comercio y publicidad ofrecen todo lo contrario. Estoy a reventar al ser juzgada como perezosa, falta de carácter y poco comprometida con las metas individuales.
No sé en qué parte de la historia y en un mundo tan respetuoso de los ideales comenzaron a estructurar un discurso de discriminación contra la obesidad tan humillante y tan despectivo. Basta con pasear el centro comercial de mi pequeña ciudad, donde miles de avisos de licores, gaseosas, postres y promociones alimenticias altamente llenas de calorías, son exhibidas con personas con cuerpos esbeltos estéticamente trabajados y es ahí donde dudo mucho que consuman lo que tanto promocionan.
En mi trabajo el trato siempre es menospreciante, siento que todos los calificativos cariñosos en el fondo esconden un sentido de lástima y a pesar de que sea muy popular es evidente mi soledad.
Es bien frustrante como mujer, entender que el trato machista está ligado a la forma corporal y que si la señorita es altamente estilizada merece un trato excepcional y una cena romántica, pero si su figura desborda los cánones comerciales debe ser escasamente escondida a comer algo del común sin la más mínima cortesía.
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